Frente arrugada, piel escamada, mirada relajada y manos con sabor a sal. Se echa una lágrima de crema para oler a lo que huele el espacio vacío de su cama desde aquel día fatal. No quiere que se acabe el aroma aunque cada mañana recuerda que eso, algún día, va a pasar.
Cuando esté lejos d’aquí
piensa siempre en mí, mió neña,
y acuérdate del besín
que me diste en la verbena.
Sécate eses lágrimines
con el pañuelu de seda
luego dime adiós con él
y guárdalo hasta que vuelva.
Se mira en el espejo antes de embutirse en su traje. Una sonrisa a sus ojos brillantes y a su corazón vibrante, se pone sus guantes. Empieza el viaje.
Hoy la bajamar es tempranera. Apenas hay luz, pero mucha faena, se ven los racimos de percebes sujetos a las piedras. Saca la cavadoira, es parte de su cuerpo desde el fin de la moratoria. Se acerca a rompiente. Las olas la saludan con su particular oratoria: Lloran, susurran y gritan con rabia notoria.
Al amanecer no está Miguel sobre su barca luchando a muerte con el Mar, es Marisa quien desde muy pequeñita se ha enfrentado a todo aquello para que los ricos del pueblo pudieran ir al chigre a restallar. Un manjar de pobres que también nos han conseguido robar. Lo hace por dinero y porque no podría alejarse de la espuma, de las piedras y de la sal.
Cuando esté lejos d’aquí
piensa siempre en mí, mió neña,
y acuérdate del besín
que me diste en la verbena.
Sécate eses lágrimines
con el pañuelu de seda
luego dime adiós con él
y guárdalo hasta que vuelva.
Seis kilos más tarde, la frente arrugada, la piel escamada y sus manos con sabor a sal le arden. Ha cumplido con el pacto sin que nada le pase. El mar ha sabido respetarla para que no se retrase, tiene que ir insuflar la poca vida que le queda a esa mitad de su corazón que yace acoplado a un respirador en una sala blanca desde no se sabe cuánto hace.
Para él es otro día más tumbado en la cama mirando por la ventana al edificio gris que le que le impiden ver el mar que tanto ama. No tiene rejas pero se siente en una jaula. Los pitidos de las máquinas son la única conversación que le acompaña.
Hasta que llega ella. Le coge la mano que todavía sabe a sal, le besa su frente arrugada, su piel escamada y devuelve la mirada para que pueda ver en sus ojos las olas su costa añorada. Ella le canta.
Cuando esté lejos d’aquí
piensa siempre en mí, mió neña,
y acuérdate del besín
que me diste en la verbena.
Sécate eses lágrimines
con el pañuelu de seda
luego dime adiós con él
y guárdalo hasta que vuelva.
Él haciendo un esfuerzo le responde cantando. Aunque tan debilitado, siempre hay un resquicio de fuerza para cantar a un ser amado.
Con el besín que me diste
y con el pañuelín de seda
vamos facer dos reliquies
de nuestro amor en la espera.
No llores más, rapacina,
que aunque lejos de esta tierra
tengo yo el besín conmigo
y tú el pañuelín de seda.
En el silencio de las caricias se oyen otros cantos de las habitaciones del hospital. Cada una con su historia, cada una con su versión del amor, respeto y odio hacia el mar. Mañana será otro día más.