Don Antonio subía torpe y lentamente los escalones de aquel vetusto edificio de pisos altos, con la mermada agilidad correspondiente a un hombre que ya había olvidado su profesión. Pantalón de pana, chaqueta de punto abotonada, camisa a cuadros y manchas en la frente. En su mano derecha, la bolsa de la compra; en la izquierda, Rufo, una especie de chucho mestizo que de perro viejo no tenía nada salvo la capacidad para parecer un perro viejo cuando él quería y, así, evitar subir las escaleras a pata. Don Antonio lo sabía, pero entre viejos amigos se hacen esas concesiones.
Era miércoles y como cada miércoles al volver de la compra, Don Antonio se quedaba unos momentos en el rellano del segundo, invadido por la curiosidad, oteando a la puerta Derecha con cara de atención, buscando en todas las direcciones del infinito de aquel pequeño lugar la respuesta a una duda que todas las semanas le acechaba al pasar por ese punto a esa hora. Tras unos segundos de rastreo, analizaba mentalmente sus pesquisas y asentía con la cabeza, como haciendo una lista mental que concluía mirando a su perro con cara de “puede ser”, a lo que Rufo respondía inclinando la cabeza con ternura. Parecía que le decía “pobre, crees que lo sabes, pero no”.
Un miércoles de diciembre, al pasar por el rellano del segundo, con la bolsa de la compra en la derecha y su amigo en la izquierda, Don Antonio sintió un vacío seguido de un pesar muy fuerte que le era muy, muy conocido. Miró a Rufo. Éste le entendió perfectamente y apoyó la cabeza contra su brazo con un desalumbrado gesto cómplice. Sí, los dos lo sabían.
El miércoles posterior llegó a la puerta del segundo derecha, seguía el vacío. Ya no le quedaba duda. Dirigió la vista hacia la diminuta ventana situada entre pisos, por donde entraba un rayo de sol y susurró en voz baja «Amor, cuida tú de la de arriba, que de el de abajo me encargo yo». Miró a rufo y le dijo «nos toca hacer algo». Él le devolvió la mirada y le dio un lametón juguetón en la nariz, moviendo la cola con entusiasmo. Don Antonio, que sí era perro viejo, sabía cómo actuar en estos casos.
Al día siguiente, a eso de las doce, pasó por la puerta del vecino y tocó el timbre poniendo rictus de hombre infausto. Cuando le abrió la puerta, le saludó y con voz pesada, ejecutó su plan. «Hola, Don José, Soy Antonio, del cuarto Izquierda. Verá, tengo un problemilla. El miércoles celebro una pequeña comida con el resto de viudos del barrio y nos ha fallado don Julián, el farmacéutico que iba a traer el pescado. Sé por cómo huele su rellano los miércoles, que es usted un gran cocinero y había pensado que quizás no le importaría compartir alguna receta, a ver si soy capaz de seguirla, me temo que soy muy obtuso en la cocina. Por supuesto, está invitado a intentar ingerir mi catástrofe culinaria con nosotros. ¿Qué le parece?»
Se fue de ahí con una cara de susto del vecino de respuesta pero sin un “no” rotundo. Don Antonio se sentía satisfecho. Así fue, el miércoles siguiente, al volver de la compra con la bolsa del súper en su mano derecha y rufo en la izquierda, el rellano del segundo volvió a oler al acostumbrado guiso de pescado y, como siempre, se quedó unos momentos cerca de la puerta del vecino buscando ese olor tan especial y desconocido que siempre asomaba por encima del resto de especias. Sonrió para sí mismo a sabiendas de que hoy, por fin, lo descubriría. Se dejó acariciar por la luz que entraba por la ventana del rellano y siguió subiendo torpe y lentamente las escaleras con rufo lamiéndole la cara con pasión.
Hoy iba de olores. De lo que implica su presencia y, también, su ausencia. De lo que dicen de nosotros y de lo que nos hace sentir.
En sólo seiscientas palabras no da espacio para que una historia se alinee en pista, despegue, viaje y aterrice en una emoción muy lejana. No, seiscientas palabras es viajar con billete local. Por eso me gusta este formato, porque me acerca a la cotidianeidad de los personajes que vemos todos los días, que con cuatro trazadas de pincel quedan dibujados. Los paisajes diarios y las situaciones que parece que pueden suceder al salir de casa o, en este caso, al volver con las bolsas de la compra en una mano y un perro demasiado listo en la otra.
¿Te has fijado qué pasa si un olor desaparece?