Él está sentado taciturno al piano. Encorvado y agazapado sobre sí mismo mantiene situadas las manos temblorosas y pálidas sobre las teclas que pobremente roza con las yemas. Con la cabeza gacha apenas se atreve a contemplar la figura de mujer que le acompaña a su lado. Le mira de reojo lo justo para saber que sigue ahí y que el rictus de aquel cuerpo es otro totalmente diferente al suyo.
Ella está firme a su derecha. Espalda recta, manos inmutables, presencia decidida, mirada clavada en él. No gesticula. No parpadea. No duda. En su cabeza orden y clarividencia. En su corazón, odio.
Hundido debe empezar a tocar. Mueve la cabeza negando la realidad que le toca vivir, negándose a sí mismo. Aprieta los labios para no dejar escapar más llanto. Mandíbula aprisionada para hacerse daño a sí mismo, todo aquel que se merece sufrir. Respira por la nariz para impedir que su alma salga de su corazón ennegrecido. Cierra los ojos y hace una leve presión con su dedo meñique. “tíiiiiin”
Su némesis también. También niega con la cabeza; por odio. También aprieta los labios; por frustración. También encaja la mandíbula diente a diente; por rabia. También respira por la nariz; por controlarse. También niega de ella misma por enamorarse de aquel que está a su lado. Aprieta el dedo corazón. Suena “mí”
Amedrentado y titubeante, acierta a hacer sonar una nota que se escapa por el infinito de la habitación tratando de acortar la distancia que los separa pese a estar uno al lado del otro. Luego otra y otra más hasta formar una melodía rota y lenta que pobremente se escucha entre sollozo y sollozo. Está desencajado. Apenas puede mantener sus ojos y su corazón secos de lágrimas y arrepentimiento. Pulso a pulso, compás a compás, latido a latido el discurso se hila en torno a un tema. Su amor.
Poderosa, tras el primero le siguen sus otros dedos. Suena el instrumento. Improvisa la melodía, no el mensaje. Compone el sonido, no el código. Conoce a aquel ser. Sabe que él entiende su tono musical y en qué frecuencia entran en resonancia destructiva sus entrañas.
Aplastado por la melodía que acaba de oír acepta su prematura muerte. Los abrumadores gritos en clave de Sol de la partitura femenina, encierra claves que él entendía perfectamente. Cada Do era un dolor, cada Re un reproche, cada Sí un no. Cada Mí un minuto menos de vida juntos. La era la última vez que la iba a sentir a su lado. Esta vez es de verdad la última.
Vigorosa e insistente hace retumbar aquel piano. Suena fuerte, suena alto y suena contundente. Repite las estrofas musicales con vehemencia. Aliteraciones y reiteraciones clarividentes. Solo hay un culpable; él. Solo hay una emoción, desprecio. Solo hay un futuro; lejos
Le responde, pero insospechadamente, según avanza su canto desesperado le asaltan los buenos momentos vividos junto a su musa y esos destellos de luz por no olvidar le hace sentir bien. Se relaja, sonríe para sí mismo y sus manos recuperan una gracia que se extiende por todo su ser. El oxígeno musical invade cada célula de su cuerpo y se ríe y no disimula y la mira jugando y mueve la cabeza hacia los lados y sonríe tiernamente aunque aquella figura de hielo parece no licuarse. El reo saborea su última cena.
Ella no recuerda, no empatiza, no perdona. Sabe lo que esconden esas evocaciones tan idealizadas. Ya es tarde. Se levanta del piano. Sale de escena. Los tacones resuenan en el teatro vacío. Se baja el telón y se apagan las luces. Él se queda a oscuras.